Si te interesa conocer más sobre la historia del cubismo, puedes consultar la información de cualquier museo de arte moderno.
Cuando alguien ve un cuadro terminado solo ve el resultado final, pero detrás hay muchas decisiones: colores, formas, errores, cambios de idea… En esta entrada te cuento, de forma sencilla, cómo suelo trabajar una de mis obras cubistas desde el primer boceto hasta el lienzo acabado.
1. Todo empieza con una idea o una emoción: una cara, una figura, un recuerdo del Mediterráneo o una noche de carnaval. Primero hago varios bocetos rápidos en papel, probando composiciones, planos y posiciones de las caras. No busco que estos dibujos sean perfectos, solo que me sirvan de guía para el proceso creativo de mis obras cubistas, donde más adelante decidiré qué líneas y qué formas se quedan y cuáles desaparecen.
Todo empieza con una idea o una emoción: una cara, una figura, un recuerdo del Mediterráneo, una noche de carnaval…
Antes de tocar el lienzo hago varios bocetos rápidos en papel, probando composiciones, caras fragmentadas y planos geométricos. No busco que sean bonitos, solo que me sirvan de mapa.
2. Cuando tengo claro el boceto, lo llevo al lienzo. Marco las líneas principales y elijo la paleta de color, normalmente con tonos vivos y contrastes fuertes. Empiezo a rellenar los planos poco a poco, buscando equilibrio entre las partes más intensas y las zonas de descanso visual. En esta fase muchas cosas cambian respecto al dibujo original, y ahí es donde el proceso creativo de mis obras cubistas se vuelve más intuitivo: pruebo combinaciones, corrijo errores y dejo que el cuadro me vaya “pidiendo” ajustes.
Cuando tengo clara la composición, paso al lienzo. Marco las líneas principales muy suaves y elijo la paleta de color: normalmente colores vivos, contrastes fuertes y tonos que recuerdan al mar, a la fiesta o a la ciudad. Empiezo a rellenar planos, cuidando que el cuadro tenga ritmo y movimiento.
3. En la última etapa añado detalles pequeños, defino contornos, ajusto luces y sombras y reviso la armonía del conjunto. A veces dejo el cuadro reposar unos días antes de decidir si está terminado o no. Solo cuando siento que la obra transmite lo que quería expresar, doy por cerrado el proceso creativo de mis obras cubistas y la pieza está lista para viajar a una exposición o a la pared de alguien.
En la última fase ajusto detalles: contornos, pequeñas líneas, brillos, texturas… Aquí es donde realmente el cuadro “se hace mío”. Corrijo lo que no encaja, armonizo colores y decido cuándo parar. A veces el proceso es muy rápido, otras veces necesito dejar el cuadro reposar y mirarlo con distancia antes de darlo por terminado.
Cada obra es distinta, pero casi todas siguen este esquema: idea, boceto, color y muchos pequeños ajustes. Al final, el objetivo es que el cuadro transmita lo que yo sentía al crearlo y que quien lo vea pueda conectar con esa energía.
